26.7.09

Decimoséptimo Domingo del T.O.: 2 Reyes 4:42-44; Efesios 4:1-6; Juan 6:1-15

El profeta Eliseo y Jesús hacen dos milagros de multiplicar la comida para una multitud de gente. Son verdaderos milagros: hay que creerlo para ser cristiano sincero. Si no crees en milagros, entonces no eres de verdad cristiano porque nuestra fe se funde en el milagro de la resurrección corporal de Jesucristo. También se funde nuestra fe en el testimonio verídico de las Escrituras. Estos dos acontecimientos bíblicos no son solamente cuentos simbólicos o poéticos. Son acontecimientos históricos y verdaderos.Hay que notar que Jesús hace el milagro más grande: reparte cinco panes y dos pescados entre más que cinco mil personas. Eliseo reparte veinte panes entre solo cien hombres.

Pero estos milagros, como todos los otros milagros, también tienen un sentido espiritual. El milagro no occure en un vacío: siempre proclama algo, una palabra que nos salva. Los milagros son evangelistas. De las circunstancias materiales, Jesús multiplica los bienes. Su poder puede transformar los límites materiales en formas que nosotros ni esperamos ni pensamos posible. Toda vida cristiana conoce esa intervención milagrosa. Todo cristiano puede testificar que Jesús ha tomado poco y lo ha hecho mucho. Mi testimonio personal es este mismo trabajo apóstolico que Uds. leen hoy. Empezando con mucha ignorancia y poca fe, Jesús ha hecho posible que yo tenga el coraje de evangelizar sin pena ninguna. Muchos otros cristianos pueden contar lo mismo y otras cosas más asombrosas.

En la carta a los efesios, Pablo le recuerda a sus oyentes que deben de seguir en la unidad del Espíritu Santo. Eso se consigue con los frutos del Espíritu: ser humildes, amables, comprensivos, soportándose mutuamente con amor. Son imperativos: son ordenes, no opciones. Cuando los cristianos actúan de esa manera, se multiplica la comunidad cristiana, se impulsa con fervor y evangelización. Es un milagro más impresionante que los dos milagros de repartir comida. El amor mutuo nos reanima y nos da poder para hacer, con audacia, mucho con poco.

19.7.09

Decimosexto Domingo del T.O.: Jeremías 23:1-6; Efesios 2:13-18; Marcos 6:30-34

Somos ovejas. Es una identidad que no es prestigiosa: las ovejas son fácilmente manipuladas y son débiles físicamente. Pero si somos ovejas porque somos bien débiles, bien vulnerables, y bien limitados en nuestro saber y entendimiento como seres humanos. En el Evangelio, Jesús compadece por la «numerosa multitud» que lo buscaba porque la multitud andaba «como ovejas sin pastor».

Esa es la situación sin Jesús: anadamos sin pastor. El jefe en nuestro trabajo o profesión no es el pastor verdadero. Ni un caudillo politico ni un partido político es pastor verdadero. Los representates de otras religiones no son pastores verdaderos. Hasta los ministros de las comunidades protestantes no son los pastores verdaderos. Y tenemos que admitir que ni nosotros mismos podemos ser nuestro propio pastor. El único pastor es Jesús y los representantes instituidos por ese único pastor. Esos representantes son los obispos en comunión con el Obispo de Roma, el sucesor de Pedro.

Jeremías proclama la promesa que se cumple en Jesús y en los representantes apóstolicos de Jesús: la promesa de un nuevo reino que empezó durante la predicación de Jesús y que se cumplirá totalmente cuando venga Jesús por segunda vez. San Pablo muestra que la profecía de Jeremías se ha cumplido en una manera sorprendente porque Jesús une a sus ovejas judías con sus ovejas gentiles. No es cosa de reunir solamente a los judíos que estaban en exilio fuera de Israel. Es cosa de reunir a la humanidad entera. Siempre seremos ovejas. Nuestra alegría es tener al Buen Pastor que da todo por y a sus ovejas, ovejas que se encuentran en todas las naciones y todas las razas.

12.7.09

Decimoquinto Domingo del T.O.: Amós 7:12-15; Efesios 1:3-14; Marcos 6:7-13

¿Cuál es el plan de Dios para ti? Esa pregunta era común en el pasado y todavía es en algunos rincones de la sociedad moderna. Pero para la mayoría, en realidad, los planes de Dios no vienen a mano. Para la mayoría, ni se cree que Dios, si existe, tiene un plan para ti o para mi. Si creen en Dios, creen en un Dios impersonal y ajeno que no tiene interés en ti o en mi: el Dios teórico de la ciencia. Pero las Escrituras de este domingo hablan de un Dios enfáticamente preocupado por cada uno de nosotros--un Dios que tiene un plan para cada uno de nosotros.

Al inconveniente profeta Amós, lo quieren sacar del reino norteño de Israel porque habla contra los planes del rey de Israel. Pero Amós no tiene intención de irse porque fue llamado por Dios para ir y profetizar al pueblo de Israel. No es cosa de los planes personales o las preferencias personales de Amós. Se trata de que Dios lo mandó a Israel y no a otro lugar.

En la carta a los efesios, Pablo escribe que Dios «nos eligió en Cristo, antes de crear el mundo». Antes del mundo, ya eramos un pensamiento en la mente de Dios. Ya teníamos un papel para hacer, ya eramos un proyecto de Dios. La ciencia habla mucho del origén del mundo. Hasta algunos científicos creen en Dios porque no hay otra manera de explicar la complejidad del mundo actual. Pero, el cristiano va más alla que hasta ese científico: el cristiano cree que el mundo fue hecho precisamente para el desarollo abundante de cada ser humano en acuerdo con la mente de Dios. Lo humano tiene precedencia sobre el resto de la creación material. Especialmente escandaloso para el mundo moderno es la creencia cristiana que esa precedencia humana se aplica especificadamente a cada ser humano sin excepción. No se puede eliminar a la vida inocente de nadie, sea el niño en el vientre de la madre o el enfermo, el incapacitado, o el anciano que los ven como cargas económicas.

En el Evangelio, Jesús le da la misión a los Doce Apóstoles de ir, dos en dos, a predicar, a expulsar demonios, y a curar a los enfermos. Ellos cumplieron el proyecto de Jesús. Ellos mismos nunca hubieran iniciado tal proyecto. Además, Jesús les manda que no lleven nada para el camino, precisamente para que aprendan a confiar en Dios para todas sus necesidades. Y también se tiene que notar que Jesús «les dio poder sobre los espíritus inmundos». Así nosotros tenemos que vivir: buscando el proyecto de Jesús y no inventando el nuestro, confiando en Dios para lo que se necesita para cumplir la misión, y recibiendo el poder de Jesús para ganar contra los demonios que llenan el mundo. Sí, Dios tiene un proyecto para cada ser humano y también le da el poder y las instrucciones específicas para cumplirlo.

5.7.09

Decimocuarto Domingo del T.O.: Ezequiel 2:2-5; 2 Corintios 12:7-10; Marcos 6:1-6

Un tema clave de estas lecturas es la soberbia. En Ezequiel, Dios mismo llama a los israelitas una «raza rebelde» con hijos «testarudos y obstinados». A veces pienso que Dios escogió a los israelitas especialmente para demonstrar para nosotros hoy que rebeldes, testarudos, obstinados, y soberbios todos somos como humanos. Todavía hoy siguen los pueblos del medio oriente en luchas y conflictos intractables. Todavía siguen estos pueblos rebeldes y llenos de conflictos insaciables.

San Pablo les escribe a los corintios que es precisamente en la debilidad que se manifiesta el poder de Cristo. En la debilidad, se acaba el orgullo y la soberbia. En nuestra propia experiencia de la vida, seguramente hemos conocido individuos que necesitan la humillación de las circunstancias para adquirir un poco de humildad razonable y madura. Y también hemos visto que cuando las cosas se arreglan los mismos individuos en muchos casos vuelven a su soberbia irracional hasta la próxima temporada de necesidad. Para algunas personalidades, la debilidad tiene que acompañarlos constantemente para que eviten caer otra vez en la soberbia inmadura. Por eso, no es hacer un favor tratar de complacer a los soberbios e inmaduros.

En el Evangelio, vemos la soberbia del pueblo mismo de Jesús cuando Jesús vuelve a enseñar en la sinagoga de su pueblo de crianza, Nazaret. Inmediatamente los nazarenos atacan a Jesús, murmurando contra su audacia de enseñarles la verdad. Ellos no están dispuestos a reconocer que necesitan la enseñanza del hombre que se crió entre ellos como hijo del carpintero José. Su soberbia no quiere aceptar Jesús como maestro y profeta porque entienden ese gesto como una humillación propria. Entienden falsamente que escuchar a Jesús es rebajarse por nada que vale. La realidad es que escuchar a Jesús es rebajarse para recibir poder y gloria. En vez de ganar con Jesús, prefieren perder con su orgullo falso e irracional. Asi somos todos si no reconocemos que todo lo bueno que tenemos y podemos tener se debe solamente a Dios y no a nosotros mismos.

28.6.09

Decimotercero Domingo del T.O.: Sabiduría 1:13-15; 2:23-24; 2 Corintios 8:7,9,13-15; Marcos 5:21-43

La muerte y la fe. El libro de Sabiduría nos dice que Dios no hizo la muerte. La muerte entró por medio del diablo. Y en el Evangelio tenemos a Jesús levantando de la muerte la niña de uno de los jefes de la sinagoga. Pero también se trata de enfermedad y fe porque cuando primero vino el padre de la niña buscando Jesús la niña todavía estaba viva. Y en el mismo Evangelio tenemos la curación de la mujer con una hemorragia que se curó cuando tocó el manto de Jesús.

¡Qué simple que la fe es la llave a la curación! Decimos que tenemos fe pero seguimos enfermos. Hay un problema: ¿Es verdad que creemos que Jesús sigue curando hoy mismo? ¿O en realidad pensamos que todo eso pertenece (si en primer lúgar creemos que las curaciones de la Biblia de verdad ocurrieron) solamente al pasado bíblico? La fe verdadera que espera la curación es el primer requisito para él que pide curación.

Bueno, pero hay casos que, aunque haya gran fe, el enfermo no se cura. Un sacerdote astuto dijo esto: primero hay que pedirle a Jesús si Él quiere que haya una curación en este momento. Sabemos que la enfermedad es aveces la única manera para que corazones duros entren en la conversión. Debemos de consultar con Jesús antes de orar para la curación. Y si todavía no llega la curación entonces sabemos que la voluntad de Dios está tramando una curación diferente a la que deseamos.

Algunos entonces responden cínicamente diciendo que eso es darle un escape tan conveniente a Dios cuando no se cura alguien. Pero la realidad es que muchos se han curado por medio de la oración. Eso está probado sin duda. Dios ha mostrado su poder un gran número de veces. El cínico rechaza esas curaciones, y por eso su cinismo no nos convence.


En la lectura paulina, también hay otra circunstancia que requiere la fe: compartir nuestros bienes materiales. El cristiano está llamado a compartir con otros, especialmente con sus hermanos y hermanas en la fe. Dios nos presenta la necesidad de otro. Y nosotros necesitamos fe para responder a esa necesidad. Compartir los bienes materiales es otra forma de curación: nos cura del egoísmo, del temor al futuro, de falta de fe en la providencia divina. Y cura al hermano o hermana que recibe de su propio pesimismo, de la mentira que no es amado, de la mentira que Dios no lo va ayudar. Él que da se cura, y él que recibe se cura: los dos se curan de falta de confiar en la misericordia amable de Dios por nuestras dificultades y necesidades. Por eso el cristiano se conducta con optimismo cuando va por los caminos de Dios: Dios le habre los caminos a quien lo sigue en fe.


Si no resulta curación de una enfermedad o si no viene la ayuda esencial a una necesidad material entonces debemos de entrar en la oración pidiendo la iluminación de Dios sobre nuestra situación. Él nos alumbrará.

21.6.09

Duodécimo Domingo del T.O.: Job 38:1, 8-11; 2 Corintios 5:14-17; Marcos 4:35-41

Sin Cristo, vivimos en miedo. No es sorprendente porque, sin Cristo, evaluamos todo con criterios humanos basados en nuestros límites, nuestras debilidades, y nuestra arrogancia. Creemos solamente en nosotros y por eso vivimos en miedo.

En el libro de Job, el Señor del universo habla: «Aquí se romperá la arrogancia de tus olas». Solo ese Señor es verdaderamente poderoso, solo en Él no existe el miedo por que toda gloria y todo poder es del Creador. Esa verdad rompe las olas de nuestra arrogancia porque ahí reconocemos que la gloria no es la posesión de ninguno de nosotros. El poderoso del mundo o el rico no se merecen la gloria y no la poseen. La gloria pertenece solamente a Dios, como oramos al final del Padre Nuestro en la Misa. La gloria que nosotros podemos lograr como cristianos origina en la gloria única de Dios.

San Pablo nos manda abandonar los «criterios humanos» porque ahora somos creaturas nuevas. Los criterios humanos no pueden anticipar ni entender la renovación ganada por Cristo. Con Cristo, se acaba el miedo basado en nuestros límites humanos. Ahora todo es nuevo.

En el Evangelio, vemos a los discípulos llenos de miedo por la tormenta que se presentó en el lago. Los criterios humanos vieron peligro inescapable. Pero Jesús mandó que se terminara el viento y vino «una gran calma». Con Jesús, podemos librarnos del miedo que origina en nuestra debilidad humana. Jesús trae una gran calma a las ansiedades y a los temores que vivimos diariamente. Por eso es que con Cristo, podemos abandonar los criterios humanos que traen el miedo y el pesimismo.

14.6.09

El Cuerpo y la Sangre de Cristo: Éxodo 24:3-8; Hebreos 9:11-15; Marcos 14:12-16, 22-26

Moisés «roció al pueblo con la sangre, diciendo: Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con ustedes, conforme a las palabras que han oído». Jesús dice en el Evangelio: «Tomen: esto es mi cuerpo . . . .Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos». La alianza nueva de Jesús no es solamente para un pueblo particular, pero para todos. Por eso, evangelizamos a todos, no importa su origen étnico ni religioso. En la Eucaristía, tenemos la sangre verdadera de Cristo, la sangre de la Nueva Alianza. Por eso, también invitamos con afecto y respeto a los cristianos protestantes que entren primero en la unión completa con la Iglesia Católica para que puedan después recibir la sangre de Cristo en la Eucaristía.

¿Y para qué tanta cosa sobre la sangre de Cristo? Porque la sangre de Cristo hace lo que la sangre de los animales nunca pudo hacer: cambiar nuestos corazones y nuestras personalidades. La carta a los hebreos, de inspiración paulina, lo dice: «Porque si la sangre de los machos cabríos y de los becerros y las cenizas de una ternera . . . eran capaces de conferir a los israelitas una pureza legal, meramente exterior, ¡cuánto más la sangre de Cristo purificará nuestra conciencia de todo pecado . . . [y] de las obras que conducen a la muerte, para servir al Dios vivo!» (Hebreos 9:13-14; énfasis añadido).

La sangre de Cristo nos transforma interiormente para librarnos de las obras de la muerto para poder servir a Dios. Ya no es cosa de una ley exterior que no podemos cumplir. Ahora es cosa de un poder vivo que hace verdaderamente posible la vida abundante. Por eso, invitamos a los no católicos a unión plena con la Iglesia Católica para que puedan recibir la fuente de agua viva que es la sangre de Cristo en la Eucaristía.

7.6.09

La Santísima Trinidad: Deuteronomio 4:32-34, 39-40; Romanos 8:14-17; Mateo 28:16-20

Como cristianos, leemos lo que estaba escondido en el Viejo Testamento con ojos nuevos. Moisés proclama el único Dios que nos habla «desde el fuego». Dios Padre nos habla desde el fuego que es el Espíritu Santo. También se nos habla del Dios que «creó al hombre sobre la tierra». Sabemos como cristianos que esa creación del hombre fue por medio de Jesucristo, la Palabra de Dios (Juan 1:1-3). En Deuteronomio, podemos ahora reconocer la Trinidad divina.

En la carta a los romanos, también vemos a la Trinidad. Pablo nos habla del Espíritu Santo que nos hace hijos de Dios. Cuando, en esta lectura, Pablo se refiere a Dios, se está referiendo al Padre. Al final de la lectura, Pablo dice que como hijos de Dios somos coherederos con Cristo. Todas las personas de la Trinidad están presente.

Finalmente, la claridad completa viene de los labios mismos de Jesús cuando manda sus apóstoles a bautizar «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mateo 28:19). Como dijo San Agustín: lo que estaba escondido en el Viejo Testamento, se manifiesta abiertamente en el Nuevo Testamento. Creemos sin duda ninguna en la centralidad de creer en la Santa Trinidad. Esos que se llaman cristianos y rechazan a la Trinidad (como los discípulos del mormonismo o los Testigos de Jehová), no son cristianos y necesitan nuestra ayuda respetuosa y suave para conocer claramente esta verdad central de Dios.

31.5.09

Domingo de Pentecocostés: Hechos 2:1-11; 1 Corintios 12:3-7, 12-13; Juan 20:19-23

En Pentecostés, como en la Resurrección de Cristo, tenemos un evento histórico. En la Resurrección tuvimos la tumba vacía y las manifestaciones del Jesús resucitado. Precisamente en el Evangelio de hoy tenemos otra apariencia del Jesús resucitado. En Pentecostés tenemos un ruido que se oyó por muchos peregrinos judíos de varios paises que fueron «en masa» a donde estaban los discípulos. Y ahí los peregrinos a Jerusalén oyeron sus diferentes idiomas. No fue algo escondido: fue un evento histórico igual como la Resurrección de Cristo lo fue.

El cristianismo es manifestación del poder de Dios en esos tiempos igual que hoy. San Pablo nos dice en la primera carta a los corintios que «a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu». Eso se aplica también a los cristianos de hoy. En ningún lugar en el Nuevo Testamento se nos indica que las manifestaciones del Espíritu Santo son solamente para la iglesia primitiva. Al contrario, el Nuevo Testamento nos comunica la misma promesa del Espíritu a los cristianos actuales del presente.

En el Evangelio, se une la Resurrección de Cristo con el don del Espíritu Santo transmitido a los apóstoles, especificadamente el poder de perdonar los pecados, un poder que se conserva en el Sacramento de la Reconciliación que la Iglesia Católica le sigue ofreciendo a los cristianos de hoy. Igual como la Resurrección de Cristo fue una manifestación histórica en las apariencias del Jesús resucitado, también el Espíritu Santo se manifiesta en formas concretas en la historia. Cristo ascendió a su Padre, pero el Espíritu sigue manifestándose hasta hoy en día.

Si no esperamos manifestaciones concretas del Espíritu Santo en nuestra experiencia no tenemos la mente de Cristo, no tenemos la mente de San Pablo y de los otros apóstoles. Nosotros los católicos somos los pentecostales originales y tenemos que serlo hoy más que nunca en una forma muy pública y audaz. Esperen las manifestaciones del Espíritu Santo, ruegen por esas manifestaciones en nuestras vidas porque ser católico es ser en el sentido más hondo un verdadero cristiano pentecostal.

24.5.09

Séptimo Domingo de Pascua: Hechos 1:15-17, 20-26; 1 Juan 4:11-16; Juan 17:11-19

En los Hechos de los Apóstoles, leemos como los apóstoles eligieron a Matías para tomar el lugar del traidor Judas. Noten que reconocían la necesidad de llenar el puesto vacante. Ya se reconocía que los apóstoles tenían un cargo central en la Iglesia, que eran en realidad los primeros obispos. Hoy todavía la Iglesia consagra a hombres como sucesores de estos mismos apóstoles, imitando directamente el ejemplo bíblico de los apóstoles cuando escogieron a Matías. Estos apóstoles y sus sucesores son, como se dice en esta lectura, testigos de la resurrección de Jesús. La Iglesia vive y se perpetua solamente por el hecho histórico de la resurrección corporal de Jesús. Sin esa realidad histórica, no hay razón para perpetuar ninguna iglesia. Pero hoy, en la Iglesia Católica se perpetua ese testimonio apóstolico en los obispos que son como Matías sucesores de los apóstoles originales encabezados por el obispo de Roma, el sucesor del líder de los apóstoles, San Pedro. Noten que en esta lectura es precisamente Pedro que «se puso de pie en medio de los hermanos» para proponer la selección del sucesor del traidor Judas.

En la lectura de la primera carta de Juan, tenemos otra vez el énfasis en el amor y en la necesidad de permanecer en el amor porque Dios es amor. La Trinidad Divina es una comunión y relación de amor. Cristo nos invita a cada uno que entremos en esa relación de amor. Invita a todos. Por eso nos amamos unos a los otros: porque existimos como cristianos en ese amor trinitario. Es nuestra realidad. No es cosa de sentimiento efímero. Es una realidad objetiva.

En el Evangelio, Jesús ora por sus discípulos. Ya se ve claramente en el Evangelio que Jesús fundó una Iglesia y se preocupa por su destino. Por eso oraba al Padre por su Iglesia que se iba a quedar en el mundo sin ser parte del mundo. Algunos se imaginan que el proyecto de Jesús era un proyecto solitario sin ninguna institución eclesiástica. Es mentira. Claramente vemos que Jesús fundó su Iglesia en el Evangelio durante su vida en la tierra. La prueba es su oración por la protección de esa misma Iglesia que vemos en esta lectura de hoy. Jesús pide y habla sobre lo que se llama en el catolicismo los rasgos de la Iglesia: ser una como Jesús es uno con el Padre, tener custodia de la palabra y verdad dada por Jesús a los apóstoles (es decir, ser «apóstolica»), ser santificada o santa igual como Jesús, y ser enviada al mundo como el Padre envío Jesús al mundo (es decir, ser «católica» o universal en su evangelización). Ahí tenemos claramente en la Biblia lo que siempre decimos en el Credo duranta la Santa Misa: creemos en la Iglesia, una, santa, católica, y apóstolica. En esa Iglesia, está la plenitud del gozo que es la voluntad de Jesús para nosotros.

17.5.09

Sexto Domingo de Pascua: Hechos 10:25-26, 34-35, 44-48;1 Juan 4:7-10; Juan 15:9-17

Hoy hablamos del amor de Dios. En la lectura de Hechos, vemos que Dios ama a todos que lo temen (es decir, que le tienen reverencia) y practican la justica (es decir, le dan a cada uno lo que se le debe de dar). Pero en las otras lecturas, entramos más profundamente en lo que es en realidad el amor de Dios. San Juan lo dice claramente en su primera carta: «todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios». ¿Cómo podemos nosotros los humanos tan imperfectos conocer algo sobre el amor de Dios, el amor que es Dios? Tenemos que empezar con nuestra experiencia personal del amor.

El enamorado--no lo vamos a confundir con el practicante de la lujuria que no tiene nada que ver con el amor--está dispuesto a sacrificarse completamenta por su enamorada. Está dispuesto a cualquier gasto, a enfrentar cualquier dificultad por el bien verdadero de su enamorada. Él que no sabe esto nunca ha amado. El enamorado verdadero hasta está dispuesto de perder la presencia de la enamorada si es necesario para el bien de la enamorada.

De esa experiencia muy humana del amor apasionado y puro, podemos empezar a tratar de comprender algo del amor de Dios por cada uno de nosotros. Dios envió a su Hijo por nuestro bien, para nuestra salvación aunque nosotros en realidad no nos merecimos tal sacrificio. Él nos amó primero como un enamorado que persigue su enamorada que inicialmente lo rechaza. Dios nos persigue, como dijo San Agustín. Y como el enamorado verdadero, Dios nos persigue siempre respetando nuestra libertad humana de rechazarlo.

En el Evangelio, Jesús dice que amar es cumplir los mandamientos del amado. En nuestra experiencia, ¿No es eso precisamente lo que hace el enamorado humano? Se decide a obedecer los deseos y cumplir las exigencias de su enamorada. Y en esa obediencia el enamorado tiene alegría. Igualmente, el cristiano tiene alegría cuando cumple los mandamientos de Jesús. No es una alegría barata basada en el egoísmo. Es una alegría en la verdad, en ser un humano completo cumpliendo la ley del amor que está inscrita profundamente en nuestra humanidad.

Y no somos siervos, somos amigos--nos dice Jesús. Igualmente, el enamorado no se considera siervo aunque se esclaviza por la enamorada. En el amor verdadero hay conversación intima y una comunión basada en las ideas y los pensamientos más profundos. De esa intimidad de dos mentes, surge la amistad verdadera que es el amor. En el Evangelio, Jesús nos designa sus amigos porque nos ha dado a conocer todo lo que el Padre le ha dicho. Entramos en la intimidad personal de la Trinidad. Asimismo los enamorados humanos crean una amistad basada en la comunión de sus pensamientos más intimos.

En latín, esta comunión se llama «comunio». Ese «comunio» es verdadero amor y verdadera amistad. Dios nos invita a ese «comunio» con Jesús y el Espíritu Santo.

10.5.09

Quinto Domingo de Pascua: Hechos 9:26-31; 1 Juan 3:18-24; Juan 15:1-8

La gloria de Dios es el discípulo que da fruto. En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, vemos el inicio del gran apostolado de Pablo. Primero tuvo que superar la sospecha de los cristianos que lo conocían como el enemigo que los perseguía. Nosotros también tenemos en muchas ocasiones de superar la sospecha, especialmente si hemos vivido aparte de Cristo en manera abiertamente. Pero con la ayuda de Bernabé, Pablo fue aceptado entre los cristianos, y el resto es la historia del hombre que tomó el imperio romana para Cristo.

En la primera carta de Juan, nos informa San Juan de la necesidad de obedecer los mandamientos del Señor para que el Espíritu Santo permanezca con nosotros. Nuestra gloria es hecho del Espíritu Santo. Es un gran error pensar que podemos lograr cualquier cosa que vale sin el Espíritu Santo. En la lectura de los Hechos, también se indica que es precisamente el Espíritu Santo que maneja todo cuando se describe la multiplicación de las comunidades cristianas «animadas por el Espíritu Santo».

San Juan en el Evangelio nos da las palabras tan simples y vivas de Jesús: «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer». Estas palabras deben de estar grabadas en nuestras mentes y en nuestros corazónes. Sin Cristo, no podemos hacer nada. Sin el Espíritu Santo mandado por Cristo, no podemos hacer nada. A nosotros se nos puede parecer que estamos haciendo algo importante y bueno, pero la realidad es que sin Cristo todo eso es nada: no da fruto. El poder de Dios es esto: que lo que Dios manda si da fruto. Nuestros proyectos sin Dios (Padre, Hijo, y Espíritu Santo) no dan fruto. Tenemos la promesa que vamos a dar mucho fruto. Vamos a unirnos a Cristo para dar ese fruto abundante. Esa unión con Cristo en manera más concreta y poderosa se encuentra en la Eucaristía. Por eso, para dar fruto tenemos que ir a la Santa Misa y estar preparados para recibir la Eucaristía. Y entonces seremos la gloria de Dios cuando volvemos a nuestras vidas diarias.

3.5.09

Cuarto Domingo de Pascua: Hechos 4:8-12; 1 Juan 3:1-2; Juan 10:11-18

Las autoridades interrogan a Pedro sobre su curación de un enfermo; y Pedro, llamado piedra por Jesús mismo, testifica sobre la piedra angular: Jesús. Por eso vemos que el papado no le quita ni honor ni primacía ninguna a Jesús. Si Pedro como el primer papa es la piedra, lo es porque representa y es agente de la piedra angular, Jesucristo. Es piedra porque fue designado por la Piedra Angular. Hoy mismo, el papa, sucesor de Pedro, sigue testificando sobre Jesús, la piedra angular, cuando muchos otros han abandonado ese testimonio.


En la primera carta de Juan, se anuncia que en verdad somos hijos de Dios por medio de Cristo. Toda dignidad cristiana surge y origina con Cristo. Todo lo que tenemos, cualquier mérito, viene de Cristo. Aparte de Cristo, somos nada. En Cristo, somos hijos de Dios y nos espera el mismo destino de resurrección a la gloria. La dignidad del papa viene de Cristo. La dignidad de cada cristiano viene de Cristo. Eso es catolicismo, digan lo que digan los mal informados.

Finalmente, tenemos el Evangelio: el Buen Pastor es Jesús. No es un asalariado que abandona las ovejas al peligro. Tenemos aquí otra de las muchas comparaciónes económicas que se encuentran en los Evangelios. Jesús hablaba el idioma de sus oyentes. Sus oyentes, como nosotros, conocemos muy bien las realidades económicas de la vida. Conocemos los motivos diferentes que se relacionan a los intereses diversos de la gente. El asalariado no es dueño. El Buen Pastor es dueño y por eso muere por sus ovejas. Nuestro dueño es Jesús. Los otros que pretenden y a veces nos engañan son asalariados de cuales no se puede depender. Otra vez vemos que toda dignidad y seguridad se basa en Cristo y en los que él autoriza para ejercer su autoridad como sus agentes.

26.4.09

Tercer Domingo de Pascua: Hechos 3:13-15, 17-19; 1 Juan 2:1-5; Lucas 24:35-48

Dos puntos me saltan de estas lecturas. El primer punto es la realidad corporal del Cristo resucitado. Esta realidad se ve también en el encuentro dramático del apóstol Tomas con el Jesús resucitado cuando Tomás ve las heridas de Jesús y cree. También se ve la realidad corporal del Cristo resucitado cuando Pedro les explica a sus oyentes que la tumba de Jesús está vacía en contraste con la tumba de David cuyo cuerpo vio la corrupción (Hechos 2:29-32). Aquí tenemos en Lucas otro testimonio claro a la realidad corporal del cuerpo resucitado de Cristo. Entra Jesús a donde están reunidos los discípulos y les informa que él no es un fantasma: es en realidad una persona con carne y hueso (Lucas 24:36-43). Y para ponerlo clarissimo, Jesús acaba pidiéndoles algo de comer y comiendo un «trozo de pescado». Tengan estos pasajes bíblicos en la mente cuando oigan mentiras sobre la Resurrección de Cristo.

El segundo punto es que la muerte de Cristo no fue por accidente. Fue parte de la intención de Dios para salvarnos. Las otras lecturas de hoy hablan muy claras como la ignorancia de los que mataron a Jesús Dios nos trajo la salvación. Hay otra mentira moderna que dice que la muerte de Jesús no fue la voluntad de Dios. Eso es herejía. Dios usa hasta lo más malo que hacen los hombres para el bien de su pueblo. La muerte de Jesús es el ejemplo clave. Y la victoria del Dios que controla la realidad y el mundo se ve claramente en la resurrección corporal de Jesús, una resurrección que nostros también vamos a compartir plenamente en el futuro.

19.4.09

Segundo Domingo de Pascua: Hechos 4:32-35; 1 Juan 5:1-6: Juan 20:19-31

Tenemos hoy un «catecismo pequeño» de lo esencial de la fe cristiana. No se dejen engañar de los que dicen que las doctrinas céntricas del cristianismo no se pueden encontrar en el Nuevo Testamento. Ahí están muy claras para los que tienen ojos para ver y oídos para oir.

En la primera lectura tomada de los Hechos de los Apóstoles se describe la actividad de los apóstoles en una manera muy simple y directa: «los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús». El Evangelio es, esencialmente, dar testimonio que Jesús es el Señor que resucitó. Si no se predica eso, no se predica nada. Sin la resurrección histórica de Jesús, estamos hablando mitología falsa que no vale la pena.

En la primera carta de San Juan, tenemos la doctrina de la Trinidad:

1.) Jesús es el Hijo de Dios:

2.) Si Jesús es Hijo, Dios es el Padre;

3.) El Espíritu testifica a esta verdad.

Ahí tenemos sin complicación la Trinidad: Dios Padre, Jesús el Hijo, y el Espíritu Santo. Tratar de entenderlo es complicado. Pero el hecho actual de la revelación es algo directo y simple.

En el Evangelio, tenemos la definición de la Resurrección: el Jesús resucitado posee el mismo cuerpo cuyo manos y costado fueron torturados en la cruz. No es asunto de una resurrección meramente espiritual. Es una resurrección CORPORAL Y FÍSICA. El cuerpo muerto fue transformado y no se quedó atrás en la tumba. Por eso como Tomás, decimos «¡Señor mío y Dios mío!» El Hijo de Dios Padre es también Dios. La Trinidad se revela sin duda en el Nuevo Testamento, igual que se revela la Resurrección Corporal de Jesucristo. Eso es lo esencial de la doctrina cristiana. No deje que nadie trate de engañarte o causarte confusión sobre esta realidad.




12.4.09

Domingo de Pascua: Hechos de los Apóstoles 10:34, 37-43; Colosenses 3:1-4; Juan 20:1-9

Otra Pascua y tenemos el hecho histórico inolvidable: la tumba estaba vacía. Como dijo María Magdalena: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto». Paren ahí. Si la tumba no hubiera estado vacía, yo no sería ni cristiano ni católico. San Pablo está de acuerdo: «Y si no resucitó Cristo, vuestra fe es vana: estáis todavía en vuestros pecados» (1 Corintios 15:14). Hoy muchos quieren engañar con la mentira que la tumba vacía no es un hecho importante o esencial a la fe cristiana. Es una gran mentira del diablo. Tenemos esperanza solamente porque Jesús resucitó de entre los muertos: el mismo cuerpo que estuvo solitariamente en esa tumba fue transformado en un cuerpo glorioso que mantuvo los rasgos de su tortura. Por eso sabemos que ese mismo Jesús es Dios. Por eso rezamos a él. Por eso lo adoramos. También por eso cuenta mucho lo que hacemos con nuestros cuerpos porque nuestros cuerpos también, como dice la segunda lectura, se manifestarán gloriosos. Noten en la primera lectura como la predicación de Pedro tiene como punto clave el hecho que, al tercer día, Dios resucitó a Jesús y concedió que testigos lo vieran. Hoy en la Iglesia Católica, el Papa, como sucesor del mismo Pedro, predica precisamente lo mismo que predicó Pedro. No se puede hacer el mismo comentario sobre algunas otras comunidades que se llaman supuestamente «cristianas».

5.4.09

Domingo de Ramos (De la Pasión del Señor): Mateo 21:1-11 (Entrada); Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Mateo 26:14-27:66

El Evangelio principal de hoy no trata de la entrada a Jerusalén con los ramos, sino con la Pasión de Cristo. Esa Pasión es una llamada a cada uno de nosotros a estirar nuestros brazos entre la tierra y el cielo en imitación de Cristo con sus brazos abiertos en la cruz. Es una llamada a un abandono total a la voluntad de Dios para nuestras vidas. Vimos ese abandono total en la vida del Papa Juan Pablo II que muestra su devoción a María con la frase en latín Totus Tuus («Todo Tuyo»). Nosotros también decimos, en imitación de María y de Jesús, en abandono total a la voluntad de Dios para cada uno de nosotros: Totus Tuus.

29.3.09

Quinto Domingo de Cuaresma: Jeremías 31:31-34; Hebreos 5:7-9; Juan 12:20-33

El enfoque de este domingo es la lectura tan profunda del Evangelio de Juan. Igual como en la lectura de hebreos en cual se describe las emociones y el sufrimiento de Cristo con «fuertes voces y lágrimas», en el Evangelio Jesús mismo admite que tiene miedo. Pero Jesús sigue con coraje obedeciendo la misión que recibe del Padre. Y nos llama a la misma obediencia: «El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna». El Padre promete glorificar a Jesús. Lo hizo en la Resurrección. Nosotros también tenemos la promesa: si obedecemos, seremos glorificados por Dios.

Esa glorificación empieza en este mundo cuando Dios graba en nuestros corazones su ley, como comunicó el profeta Jeremías. Como se canta en los salmos, esa ley no es cosa opresiva. Al contrario, esa ley es nuestra delicia porque nosotros los humanos fuimos hecho para vivir en la verdad y en la justicia en comunión con nuestro Creador. Recibir esa ley en lo más profundo de nuestro ser es recibir la vida abundante y gloriosa. En la conversión aquí en este mundo empieza la glorificación prometida que se completa en la resurrección de nuestros cuerpos en un mundo nuevo. Pero tenemos que primero vaciar el corazón del egoísmo estéril. No fuimos hecho para el egoísmo. El egoísmo es contra nuestra naturaleza humana y nuestro destino humano. Tenemos que abandonar el egoísmo para que entre la ley de Dios que nos completa como seres humanos.

22.3.09

Cuarto Domingo de Cuaresma: 2 Crónicas 36:14-16, 19-23; Efesios 2:4-10; Juan 3:14-21

En la primera lectura del segundo libro de crónicas, tenemos algo que nos debe dar cierto miedo: Dios usa hasta nuestros enemigos para enseñarnos la verdad. La corrupción de Israel acabó con su exilio. Dios usó a los enemigos de Israel para castigar. También Dios usó al enemigo Ciro, rey de los persas, para permitir que Israel vuelva a su tierra. Todo fue por el bien de Israel. Hasta el desastre nacional del exilio fue para beneficiar a Israel.

Este divino intento misericordioso de beneficiar a su pueblo se cumple perfectamente en el Nuevo Testamento cuando Dios sacrifica a su único Hijo para salvarnos. La dos lecturas, la de San Pablo y la del Evangelio, nos hablan de otro desastre: la muerte del Hijo de Dios por mano de los enemigos romanos de Israel. Pero, igual como la destrucción del templo en Jerusalen, este desastre--la muerte de Jesús que es el templo verdadero en su propia persona--fue para salvar al pueblo de Dios. Por medio de la muerte de Jesucristo, se acaba nuestro exilio espiritual de estar aparte de Dios, se acaba la condenación y la dictadura del pecado. En Cristo, salimos de las tinieblas y entramos en la luz.

15.3.09

Tercer Domingo de Cuaresma: Éxodo 20:1-17; 1 Corintios 1:22-25; Juan 2:13-25

La Ley de Moisés no pudo salvar a los judíos. Esta misma ley, en la forma más general de los Diez Mandamientos, la tenemos en la primera lectura. Hoy mismo nosotros los cristianos todavía usamos los mandamientos para regir nuestra vida moral. En ese sentido de guía para nuestra conducta, esta ley sigue vigente. Como dijo Jesús mismo, no vino para abolir la ley pero para cumplirla en su misión de salvarnos (Mateo 5:17-20). Las reglas ceremoniales de la Vieja Alianza se acabaron, pero la ley moral sigue. Lo que tenemos, que no tuvieron los judíos antiguos, es el poder del Espíritu Santo, que nos dio Cristo, para poder vivir moralmente.

En el Evangelio, Jesús se refiere a si mismo como «un templo» que se destruye y que él mismo reconstruye en tres días. El templo nuevo que reemplaza el templo antiguo de los judíos es el cuerpo de Jesús mismo que es el sacrificio final que nos salva por siempre. Ese cuerpo se rompió por nosotros y resucitó en tres días. Igual como hizo con la ley antigua, Jesús cumple perfectamente todo lo que se atentaba con los sacrificios de la Vieja Alianza. Como se puede ver en la reacción de sus oyentes judíos, hablar de la destrucción del templo era decir algo alarmante y escandaloso. Jesús vino en manera revolucionaria para derrotar la corrupción del sistema de sacrificios y reglas ceremoniales que existía en el templo de Jerusalen. Por eso, lo mataron.

San Pablo lleva este acontecimiento revolucionario al resto del mundo antiguo, predicando a Cristo crucificado «escándalo para los judíos y locura para los paganos». También era locura para los judíos como se ve en la lectura evangélica de hoy. Estas palabras tan claras y explícitas de San Pablo sobre la necesidad de predicar a Cristo crucificado siempre me recuerdan de la ridiculez protestante de abandonar el uso del crucifijo. El escándalo y la locura que distinguen el cristianismo es precisamente ese imagen del crucificado. ¡Cómo pueden los que supuestamente leen tanto a la Biblia abandonar lo que San Pablo apunta tan claramente como el corazón de su misión predicadora! Bueno, en el catolicismo, no hay ese problema: San Pablo hoy mismo, entrando en una iglesia católica, reconocería ligeramente que ahí se predica el mismo escándalo y locura que él predicaba en los siglos pasados.

8.3.09

Segundo Domingo de Cuaresma: Génesis 22:1-2, 9-13, 15-18; Romanos 8:31-34; Marcos 9:2-10

Por la fe extraordinaria de Abraham, estamos aquí herederos en Cristo de la promesa que Dios hizo de bendecir a los descendientes de Abraham. Somos nosotros en Cristo los descendientes de Abraham. La salvación nuestra viene por medio de individuos. Empieza con la fe y obediencia del individuo Abraham y se cumple la salvación con la fe y obediencia de María y con la obediencia de Jesús mismo que llego a la cruz. Para que se cumple la providencia maravillosa de Dios se necesita todavía hombres y mujeres de fe y obediencia, que no temen entregar sus vidas, sus temores, y sus ansiedades a Dios. Cuando un solo hombre o una sola mujer se entrega en fe a Dios, todo es posible, hasta y especialmente lo que nosotros, tan limitados que somos, nunca pudieramos imaginarnos.

San Pablo en su carta a los romanos muestra porque no tenemos que temer a nadie o a nada. Dios nos ha dado su propio Hijo y nos ha perdonado. Si Dios nos favorece, nada más nos debe importar. Por eso, tenemos el coraje de seguir en adelante hasta en las situaciones más dificiles y confusas de la vida humana.

En el Evangelio, tenemos la Transfiguración de Jesús con Elías y Moisés. Para preparar a los apóstoles para la muerte de su Hijo, Dios muestra la gloria de Jesús en la presencia de Pedro, Santiago, y Juan. En su intervención en el sacrificio inminente de Isaac, Dios demonstró su poder para incitarnos hoy mismo a la fe y a la obediencia. En la Transfiguración, Dios le demuestra a los apóstoles escogidos la gloria de Jesús también para que puedan recordar este acontecimiento en el futuro cuando serían predicadores del Evangelio por todo el imperio romano. Para nosotros hoy, todo esto sirve para invitarnos a tener fe y a obedecer la voluntad de Dios sin temor en todas las complicaciones de este mundo.

1.3.09

Primer Domingo de Cuaresma: Génesis 9:8-15; 1 Pedro 3:18-22; Marcos 1:12-15

A Noé se le anuncia una alianza: no se exterminará otra vez toda vida con un diluvio. El arco iris es la señal de esta alianza. Se tiene que notar que Dios anuncia su alianza sin pedirle ni permiso ni compromiso anterior a Noé. Esta es la misericordia y el favor de Dios: Dios nos busca y se compromete con nosotros. Dios declara su amor sin pedir permiso, sin esperar guarantía que los humanos van a aceptar su amor. Quedamos libres para rechazar el amor de Dios, como queda libre una mujer para rechazar las declaraciones de un enamorado.

En la lectura paulina, declara Pablo la nueva alianza que finaliza la relación de Dios con los seres humanos: la muerte y resurrección de Cristo. La señal de esta alianza nueva y final es la cruz. Vamos ahora en los días de cuaresma a esa cruz, la cruz del Viernes Santo. La otra señal de la nueva alianza perfecta es la tumba vacía de la Resurrección. Dios se hizo carne por nosotros. Como en los días de Noé no pidió permiso, ahora también no exige nuestro mérito anterior, no nos obliga en nada: Dios propone su amor como un enamorado se lo propone a su novia: respeta nuestra libertad. Es un gesto de generosidad incalculable. Es un gesto de humildad por el Creador del mundo, que se hace humano y se expone a la humillación y a la muerte por nosotros sin contar con nuestra gratitud de antemano.

Ese Cristo en el Evangelio de hoy predica este Reino de Dios: la intervención generosa de Dios para salvarnos de todo mal. Antes de predicarlo, Jesús pasó su cuaresma en el desierto. Nosotros pasamos ahora nuestra cuaresma para poder decirle un «sí» completo a lo que Dios nos propone y nos regala.


22.2.09

Séptimo Domingo del T.O.: Isaías 43:18-19, 21-22, 24-25; 2 Corintios 1:18-22; Marcos 2:1-12

Estas son lecturas poderosas. El que perdona a Israel es Dios mismo, como se lee en Isaías. Y en el Evangelio es Jesús quien explícitamente le perdona los pecados al paralítico. La conclusión es obvia y fue obvia para los oyentes de Jesús: este hombre tiene que ser Dios si se atreve a perdonar los pecados contra Dios. Pero Jesús hace mucho más: usando las palabras de Isaías podemos decir que hasta abre caminos en el desierto de la enfermedad y del sufrimiento cuando cura al paralítico. Jesús hace correr «los ríos en la tierra árida». En Jesús, el Padre realiza algo nuevo. Todo lo descrito en la lectura de Isaías se cumple con Jesús. Por eso, San Pablo anuncia, en una frase tan brillosamente bella, la verdad sobre Jesús: Todo él es un «sí».

Jesús dice «sí» a todos nuestros deseos de ser curados, de tener esperanza, de realizar algo nuevo en el desierto de la desilusión, del sufrimiento, y de la confusión. ¿Por qué somos cristianos? Porque Jesús es todo un «sí». Pero para conocer esta cosa nueva tenemos que presentarnos como se presentó el paralítico. Sus amigos lo llevaron a Jesús aunque habían obstáculos. Hoy en día nuestros verdaderos amigos, los que tenemos aquí en la tierra y los santos en el cielo, son los que nos ayudan llegar al pie de Jesús para recibir un «sí» que nadie más puede pronunciar.

15.2.09

Sexto Domingo del T.O.: Levítico 13:1-2, 44-46; 1 Corintios 10:31-11:1; Marcos 1:40-45

La lepra era, como ahora, una enfermedad que nos llena de temor. En Levítico vemos como los israelitas recibirieron de Dios una manera de contener la propagación de esta enfermedad. Era un proyecto de limitar, de mitigar la situación, de prevenir la epidemia. El proyecto de Jesús es comparativamente radical: Jesús cura al leproso en el Evangelio. La Ley apuntaba la contaminación: Jesús sana y la quita. Lo mismo pasa con el pecado: la Ley indica el pecado, pero solo Jesús sana o salva.

Pero no es cosa solamente de la infección espiritual que es ciertamente el pecado. Hoy en tiempos modernos y en sociedades avanzadas nos agrade limitar el poder de Jesús a lo espiritual como si Jesús fuera solamente un tipo de psicólogo moderno. Entendemos la terapia psicológica o espiritual, pero rechazamos la curación de las enfermedades físicas por medio de la fe y la oración.

Bueno, el cristianismo no se puede modernizar tanto. En el cristianismo siempre hay la posibilidad de la curación de las enfermedades físicas por medios espirituales. Por eso los católicos tenemos un sacramento para ungir a los enfermos. No se trata solamente del perdón de pecados. Se trata también en pedir y esperar la curación física. No podemos perder esa audacia evangélica y apóstolica: de pedir la curación física. A veces parece que tenemos miedo de pedirla porque tememos quedar desilusionados si la enfermedad sigue o la persona se muere de todas maneras. Pero la fe, pide y pide y asi consigue. Si la enfermedad continúa, entonces sabemos con certeza que es la voluntad de Dios. ¡Pero si no pedimos la curación puede ser que la persistencia de una enfermedad se debe no a la voluntad de Dios sino a nuestra falta de fe!

Digo todo esto porque en el Evangelio no se puede evadir que parte clave del proyecto de Jesús es curar a los enfermos y no solamente perdonar a los pecadores. Si creemos que el mismo Jesús sigue activo en nuestras vidas, si creemos que el trabajo apóstolico continúa, ¿cómo podemos olvidarnos de la curación de los enfermos? San Pablo instruye a los corintios que sean sus imitadores igual como él es imitador de Cristo. No podemos imitar a Cristo si fallamos en orar y rogar por la curación de las enfermedades físicas.

8.2.09

Quinto Domingo del T.O.: Job 7:1-4, 6-7; 1 Cor. 9:16-19, 22-23; Marcos 1:29-39

«Todos te andan buscando.» Así le dicen los díscipulos a Jesús. Le llevaban todos los enfermos y poseídos del demonio. Job en la primera lectura está en una condición desesperada, agotado por el diablo y enfermo en cuerpo y alma. En Job, vemos dramáticamente la desesperación de todos nosotros aparte de Cristo. Pero en el Evangelio, viene Jesús. Cuando la suegra de Simón Pedro se enfermó, ¿qué hicieron? Le avisaron a Jesús. Cuando tu estas desesperado o enfermo, avísale a Jesús. No hay otra solución. Somos de cierto modo hermanos y hermanas de Job: estamos desesperados en uno u otro tiempo. En ese momento tenemos que llamar a Jesús.

En su carta, San Pablo emocionalmente le afirma a los corintios su inhabilidad de cesar a predicar el Evangelio: «Todo lo hago por el Evangelio, para participar yo también en sus bienes». Pablo conocía a Jesús intimamente. Por eso no podía parar de anunciar el Evangelio. El Evangelio es la solución para Job y para nosotros en todas las circunstancias. La solución no se puede esconder o guardar. Tenemos que tener la audacia de Pablo, y la tendremos si conocemos personalmente lo que Jesús puede hacer por nosotros en cualquier situación.

1.2.09

Cuarto Domingo del T.O.: Deuteronomio 18:15-20; 1 Cor. 7:32-35; Marcos 1:21-28

En el último capítulo del libro de Deuteronomio (Deut. 34), tenemos la declaración que no ha habido profeta semejante a Moisés en Israel. Se cree por algunos que posiblemente se escribió esta declaración mucho después de la muerte de Moisés ya cuando la independencia de Israel se estaba acabando. Un comentarista opina que aquí se niega que los profetas de Israel llegaron al mismo nivel de intimidad con Dios que tuvo Moisés. Pero muy claramente en la lectura de hoy, que viene del capítulo 18 de Deuteronomio, Dios si promete un profeta como Moisés. Bueno, nosotros sabemos quien fue ese profeta como Moisés-- y mucho más que Moisés--en su intimad con Dios: Jesús, el Hijo de Dios.

En la lectura evangélica se confirma que Jesús es el profeta prometido en Deuteronomio cuando el pueblo se da cuenta que Jesús habla con una autoridad extraordinaria que no tenían los escribas de su época. Nosotros tenemos y queremos compartir con todos, incluso con los judíos de hoy, la realidad que el sucesor a Moisés, el nuevo Moisés, que es como Moisés y mucho más que Moisés, es Jesucristo. No hay que taparlo.

San Pablo les aconseja a los corintios que la vida soltera es una vida que facilita la entrega total a la presencia de Dios. Es un consejo práctico, pero no obligatorio como Pablo mismo aclara en la lectura de hoy y en otros lugares. Ya vemos ahí las raíces de la tradición de un clero celibato en la Iglesia Católica. No es cosa inventada del aire sin conexión bíblica. ¿Cómo podemos integrar este consejo con las otras lecturas de hoy? Creemos que la Biblia es una unidad con un mismo autor divino. Entonces podemos atentar una integración entre las lecturas en buena fe. Moisés fue casado. Jesús nunca se casó. Jesús llama algunos a una intimidad con Dios tan profunda y superior a la de Moisés que muchos por los siglos han podido por la gracia de Dios vivir sin el matrimonio vidas de generosidad extraordinaria en servicio a otros cristianos. Si Jesús supera a Moisés en la intimidad con Dios precisamente como Hijo de Dios, no es sorprendente que exige mas que lo que exigió Moisés para algunos y que también Jesús puede lograr que esos algunos puedan vivir con honor la vida soltera entregada a Dios.

25.1.09

3er Domingo del T.O.: Jonás 3:1-5, 10; 1 Corintios 7:29-31; Marcos 1:14-20

Cuando Jonás fue a Nínive predicando la destrucción de la ciudad en cuarenta días, la ciudad entera se arrepentió. Las Escrituras dicen que era una ciudad enorme, pero de todos modos se dice que toda la ciudad se convertió de su mala vida. Y hoy se predica tanto en todas las ciudades pero nada semejante pasa. ¿Por qué?

San Pablo da énfasis que la vida es corta y que el mundo es pasajero. Por eso no debemos vivir como si tuvieramos tiempo sin límite. Puede ser que aquí tenemos algo para empezar a responder a nuestra pregunta: ¿por qué no responden las ciudades de hoy como respondió Nínive? Posiblemente porque no piensan que su vida es corta. Es una gran ilusión. Hasta los que llegan a ser muy viejos reconocen que los años pasan con una rapidez asombrante. Y muchos ni llegan a ser tan viejos. Pero en las sociedades occidentales y ricas, si hay muchos que en grandes números si llegan a ser ancianos. Muchos esperan y ahorran para una vida larga. En el tiempo de Nínive, seguramenta la longevidad era mucho más corta. No había tanta ilusión que tenemos tanto tiempo para vivir.

En el Evangelio, Jesús llama a sus apóstoles a ser pescadores de hombres. Es interesante: fue un pez grande quien se trago a Jonás como si el fuera un pez más pequeño, y ahora Jesús compara a los hombres a pescados que sus apóstoles van a pescar. Hay un pescador que no trae la muerte sino la vida verdadera. Ese pescador es Cristo actuando por medio de sus apóstoles. Estos pescadores nos sacan del mar de esta vida a otro «mar» en cual si podemos florecer eternamente. Ese mar nuevo y saludable es nuestro bautismo en Cristo y en el Espíritu Santo.

18.1.09

Segundo Domingo del T.O.: Samuel 3:3-10, 19: 1 Corintios 6:13-15, 17-20; Juan 1:35-42

Dios le habla a los hombres. Tenemos el testimonio del Antiguo Testamento. Dios le habló al joven Samuel en su propia habitación. Hay varias cosas que podemos notar sobre la llamada a Samuel. Primero, Dios lo llamó en privado, en la habitación, aparentemente privada, del joven Samuel. Segundo, fue precisamente una llamada a un joven. Dios no descrimina contra los jovenes. Tercero, la lectura nota que «[a]ún no conocía Samuel al Señor, pues la palabra del Señor no le había sido revelado». Pero el sacerdote Elí se dio cuenta de lo que estaba pasando: sabía que era el Señor. Entonces Samuel pudo responderle al Señor: «Habla . . . tu siervo te escucha». Desde ese momento, el Señor estuvo con Samuel.

, hay aquí varios puntos hasta para nosotros hoy en día. Como cristianos, participamos en Cristo quien es sacerdote, rey, y profeta en perfección total. Por tal modo, tenemos como cristianos bautizados (y por eso participantes) en Cristo una vocación profética. En la época de Samuel, se esperaba que Dios se revelaba a los hombres. ¿Esperamos nosotros lo mismo hoy? No somos huérfanos. Somos herederos de todo lo que tenía la vieja Israel. Tenemos que abrirnos para oir la voz de Dios otra vez precisamente para cumplir nuestra vocación profética que surge de nuestro bautismo sacramental. Como en el caso de Samuel, Dios se revela a cada uno en los momentos secretos de nuestras vidas. Como en el caso de Samuel, Dios llama a quien Él quiera: sea joven o viejo. Como en el caso de Samuel, Dios espera nuestra respuesta, nuestra decisión a escucharlo. Dios no se impone. Dios espera el ejercicio de nuestra libertad.

Lo que hizo Samuel, hicieron los apóstoles. En el Evangelio, San Juan el Bautista apunta en privado que Jesús es el Mesías a dos de sus discípulos. En ese tiempo todavía eran estos hombres jovenes. Y noten que Jesús los invitó después que vio que estaban preparados a seguirlo. Tenemos una situación semejante a la de Samuel, pero con una gran diferencia: ahora Dios mismo camina cara a cara con sus discípulos. Ya no es solamenta una voz misteriosa. Es Dios en carne.

Y ese Dios en carne ha consagrado a nuestros cuerpos. La resurrección de Cristo señala el destino de nuestros cuerpos: transformación y perfección, no abandono y corrupción. Por eso San Pabla escribe que tenemos que glorificar a Dios con el cuerpo. Por eso la fornicación es un sacrilegio. Es noticia dura en estos tiempos. Hoy especialmente en norteamérica y en la europa occidental la virginidad femenil antes del matrimonio no se celebra, no se anticipa, y no se espera entre la gran mayoría de la población (es una situación diferente en otras zonas culturales del mundo). Y mucho más átras en el pasado, ya en muchas sociedades, incluso las hispanas, no se tomaba en serio entre muchos la preservación de la virginidad masculina antes del matrimonio. Pero sabemos la verdad: Dios se hizo carne, la carne es para glorificar a Dios. La carne no es para el egoísmo de la fornicación. Es un mensaje duro para muchos. Pero es un mensaje profundamente profético y revolucionario revelado poderosamente por medio de la Encarnación que acabamos de celebrar.

11.1.09

El Bautismo del Señor: Isaías 42:1-4, 6-7; Hechos 10:34-38; Mateo 3:13-17

En Isaías, se habla del siervo del Señor en el cual se ha puesto el espíritu de Dios para proclamar la enseñanza del Señor hasta «las islas». Los judíos veían a su nación entera, todo Israel, como ese siervo de Dios; algunos también entendían una referencia al Mesías esperado. Pero nosotros reconocemos con certeza que ese siervo es el Mesías, en particular Jesús. San Pedro en los Hechos de los Apóstoles testifica que «Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret» quien se dirige a todas las naciones como «Señor de todos». Como nos dice el cardenal Ratzinger, ahora nuestro Papa, nosotros los cristianos siempre leemos el Viejo Testamento con Cristo en mente: esa es nuestra regla segura de interpretación bíblica. El siervo es Jesús.

En Mateo, vemos el bautismo de Jesús cuando fue ungido por el Espíritu Santo. El ungido es el Mesías: en griego, literalmente, el ungido es el «Cristo». Por eso se refiere al libro del profeta Isaías como el «quinto Evangelio» porque tenemos una anticipación tan clara de los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento. Es una línea directa. Como se nota en el Catecismo de la Iglesia Católica, citando las palabras de san Agustín: «el Nuevo Testamento queda escondido en el Viejo y el Viejo Testamento se descubre en el Nuevo» (sección 129 del Catecismo). Eso es la maravilla de nuestra Biblia.

4.1.09

La Epifanía del Señor: Isaías 60:1-6; Efesios 3:2-3, 5-6; Mateo 2:1-12

La Epifanía o «manifestación» del Señor es el cumplimiento de la profecía de Isaías que todos los pueblos caminarán a la luz de Jerusalén. En el Catecismo de la Iglesia Católica, se habla de la Iglesia como la Nueva Jerusalén (n. 756). Esta Iglesia universal atrae todos los pueblos de todas las idiomas, razas, y culturas. Pero la profecía de Isaías no se ha acabado. Al fin de la historia, el mundo completo estará bajo el reino de Dios. Es una profecía que se ha cumplido pero se sigue cumpliendo.

San Pablo en su carta a los efesios reconoce su papel clave en la explosión del cristianismo en el mundo. Él reconoce el impacto revolucionario de su apostolado a los paganos. La Iglesia nunca puede perder ese ardor evangélico hacia todos los pueblos de cualquier religión o cultura. El Evangelio no reconoce persona o religión que queda afuera de la llamada a la conversión cristiana. Se tiene que combatir la mentira que el catolicismo es algo solamente para los que se han criado como católicos. No, el cristianismo es para toda persona aunque sea de origen judío o musulmán o pagano o lo que sea. El Evangelio no reconoce barreras culturales y costumbristas.

En el Evangelio de San Mateo, vienen los magos del Oriente buscando a Cristo. No eran de la religión de Cristo. No eran judíos. Los primeros cristianos judíos tuvieron que llegar a entender que el Mesías era para todos. Hoy también los cristianos tienen que entender que Cristo no es solamente para los que ya son cristianos. Cristo llama a la conversión a todos en todas las religones del mundo, incluso a los millones tras millones en el Oriente. Ese es el impulso revolucionario y esencial de la Iglesia. Eso es apostolado.